Te odio, Instagram
El trabajo del trabajo y el hastío de mí misma
No voy a decir nada nuevo. Tampoco pretendo acá tener una nueva y genial e inédita conclusión que no hayamos leído mil veces antes sobre cualquier otro tema. No soy tan inteligente y tampoco me interesa pretenderlo. Este no es un texto sobre ningún tema profundo de la sociedad y su miseria y menos lo es sobre alguna posible solución, o siquiera sugerencia. Voy a hablar de algo que hablamos todo el día, todo el tiempo, sobre lo que leemos, cuyas consecuencias conocemos y sin embargo no sabemos bien qué podemos hacer con eso.
No recuerdo específicamente cuándo abrí mis redes sociales pero sí recuerdo que en algún momento tuve la sensación (quizás errada, pero al menos presente) de que me hacían feliz. Soy de la época de facebook y, además, soy de la última camada. Lo abrí cuando ya era casi imposible no hacerlo; mis conocidos y conocidas lo tenían y lo que hacíamos los fines de semana llegaba allí de manera inevitable. Si las redes no me trajeron dicha, sí me re encontraron con personas, me hicieron conocer a otras y me acercaron a universos que de otra manera habría sido imposible. A mí no me tocó la “época de los blogs”, pero sí estuve cuando se puso de moda escribir larguísimos posteos de facebook que pensábamos, leíamos y compartíamos a conciencia y con rigor, generando debates que estaban buenos, o al menos conservaban algún atisbo de honestidad intelectual y buena leche. No creo que eso se debiera a que éramos mejores, solo que era nuevo, estábamos más desorganizados y facebook permitía (permite) mayor extensión.
Pasé por tuiter un par de años, motivada por mis primeras publicaciones en medios, pero en algún momento no lo soporté y me fui. Igual me río de tuits que están buenos y que circulan, solo que no quiero integrar esa conversación, en ese registro, en esa cancha y con esas reglas. No soy tan ingeniosa ni tan paciente y no me gustan las dinámicas que se arman. Detesto los diálogos recortados y sí creo que en el último tiempo tuiter se volvió un espacio particularmente hostil para las mujeres (no solo lo creo, lo dice amnistía internacional), donde los sesgos son impenetrables y solo hay desgaste. Y pues, yo no me quiero desgastar. Al menos no quiero hacerlo si no entiendo las reglas del juego. Y no las entiendo. Tampoco creo que haya que resignarse al espacio perdido, reconozco que es un territorio de disputa política bastante importante en el presente, pero una debe saber cuáles son sus limitaciones y sus capacidades, y por sobre todas las cosas: cuál es su deseo. Y yo no tengo ninguna facultad pero menos ningunas ganas de ir a pelear allá.
Entonces, por supuesto, quedó instagram. Me sorprendo a mí misma escribiendo esto, porque escribirlo es reconocer la importancia que tiene en mi vida, no solo afectiva y social, sino laboral. Y me sorprende porque parece que fue ayer (quizás diez años), cuando accedí a abrirme una cuenta (también tarde), presionada por mis amigos colombianos que ya tenían una. Al principio, durante bastante tiempo, todo en ese espacio se sintió más lúdico y libre. Subir fotos mías, de amigas, de lugares, de animales. Hacerlo sin ninguna pretensión particular. Mirar los mismos posteos de conocidos y contactos. Seguir gente nueva, hablar con ella. Es cierto que siempre fue una red social odiosa: estaba diseñada para egocéntricas, superficiales e inseguras que necesitamos mostrar nuestra vida para ratificar que existe y que es, de alguna manera, mejor que las demás. Pero en esa pretendida liviandad radicaba su encanto: no se iba allí a ser inteligente ni a charlar.
Así lo fue durante buen tiempo. Entrar, envidiar a alguien, ver las vacaciones de alguien más, fijarse en el matrimonio de esa otra persona y las fotos, stalkear a alguna ex pareja, divagar por las vidas privadas de personas ajenas que elegían poner su perfil público y no mucho más.
Pero algo empezó a pasar hace un tiempo. Entiendo que esta reflexión se dirige a un segmento bastante acotado de la población, y aún así, también sé que no es tan pequeño, que somos muchos y muchas, muy precarizadas, tratando de abrirnos paso por un mercado laboral que cada vez más nos exige construirnos como una marca. Hacer de nuestro nombre algo más que una firma: construir un universo con una comunidad, alimentarla con “contenido”, con una opinión y exposición para fortalecer eso que ahora somos o tenemos que ser: un producto de nosotros mismos.
Entonces me encuentro con mi propio instagram. Ya no stalkeando nada, ni mirando a nadie conocido porque todo el tiempo me salen publicidades de cosas. Porque, de hecho, creo que hasta yo misma me he convertido en una publicidad. Entrar me genera cantidades iguales de hastío y morbo: tengo que hacerlo, me digo. En parte es cierto: me piden de distintas editoriales, con sutileza pero sin vacilación, que suba tal cosa, que promocione tal otra, que me encuentre allí para compartir las piezas de la convocatoria, el encuentro, el lanzamiento en el que voy a estar. También yo tengo que subir mis textos (este, por ejemplo) y también tengo que compartir compulsivamente que la gente está leyendo mis libros. Quiero ser clara con esto: me hace feliz que las personas lean algo mío y lo suban y me etiqueten, pero me alegra porque, por lo general, hay un diálogo con la persona que lo sube. Me dicen si les gustó o no lo que leyeron, y eso siempre es muy bello. Sin embargo, me angustia la percepción del éxito que eso construye. ¿Entonces qué? ¿Tengo éxito si se suben fotos con mis textos? ¿Si se comparte mucho y se replican una y otra vez los subrayados? Tengo éxito ¿Para quién? ¿Quién está pendiente de esa cuenta? ¿Es una sensación como la inseguridad? Y si es así, ¿Por qué tengo que darla? ¿Por qué tengo que entregarme a ella y también ver la del éxito de las y los demás y pensar qué bien les va “están en todas partes”? ¿Importa tanto eso? Me dedico a escribir, con suerte y esfuerzo. ¿Quiero ser buena escritora o quiero que todo el mundo “sienta” que la gente lee mis cosas y que, con base en esa percepción, me inviten a más cosas? Es un dilema complejo. Betina González escribió bastante sobre eso en La obligación de ser genial y también en su último y grandioso ensayo Cómo convertirse en nadie. Allí, en lugar de demonizar y quejarse, propone un desafío interesante y honesto: no podemos ser torpes y salirnos del juego y de la dinámica de estos tiempos. La solución no es quedarse afuera, pero sí pensarlo, pero sí divulgarlo, pero sí discutirlo.
Es un debate que está presente en colegas y amigas. El agotamiento de ese trabajo que rodea al trabajo (que nadie reconoce como tal), de la promoción, de los videos, del “contenido”. Yo no tengo ningún interés en ser una influencer, paso bastante tiempo intentando otra cosa y aún así, parece necesario cumplir una gran cantidad de horas de trabajo haciendo eso otro que es para “otros” que “rodea” y “promociona” el trabajo “real” que una hace pero que parece devorarlo a ratos. Discutimos en una mesa sobre esto. Una colega de España dijo que es una percepción, que no es real que tengas que tener redes para tener éxito en el mundo literario, que ella se fue y en su vida laboral no cambió casi nada más que una ganancia de salud mental. Creo que tiene razón, pero también discuto con otra amiga sobre ese caso y concluimos que es una autora ya bastante conocida, publicada en muchas partes y con un perfil que apunta a otras formas de subsistencia menos urgentes. Me quedo pensando sobre el asunto: quizás simplemente es mucho mejor escritora que yo y no necesita promocionarse todo el tiempo. Aún así, qué envidia (por la vida sin redes y por el talento). Qué envidia y qué miedo. Porque estos tiempos también construyen la necesidad de que si no hacemos parte de la inmediatez del mundo y su locura, si no participamos de alguna forma de la coyuntura, lo que hagamos, incluso si no tiene nada que ver con el presente, es obsoleto. O invisible, que es peor.
Extraño los tiempos en los que subía cosas mías, en los que veía cosas de gente que conocía y en los que la “red” servía para conectar y no para distanciar, envidiar, trabajar. Extraño los tiempos en los que gran parte de mi vida no estaba supeditada a un algoritmo que no entiendo, como si fuera un dios que cada tanto me oculta y después me expone a una voluntad que algunos comprenden y hackean. Extraño prescindir de esa palabra, de ese intento de conocimiento. En fin. Extraño muchas cosas de un mundo distinto y pienso que de las más idiotas que extraño es subir selfies sin que me de cringe o sin pensar que la gente que me sigue quiere ver que soy una autora “exitosa” y no que comparto ropa.
Algunas personas sugieren abrirse una segunda cuenta más íntima (como era al principio, antes de que muchos de nosotros trabajáramos de ser una visión estetizada de nosotros mismos). Yo no quiero otra. No quiero ni siquiera la mía. No quiero darle más datos, más intimidad, más información a noséquién que tiene esta y todas esas empresas. Quiero que esa cuenta no influya en mi trabajo ni en la percepción sobre mí misma. Quiero escribir ahí, quiero usarla para lo que fuera un espacio de entretenimiento, encuentro, boludez, espontaneidad (y algún stalkeo) y no para este frankenstein en el que se convirtió en el que, además, parece que mis opiniones políticas tienen que pasar por compartir una foto, un letrero o un posteo genéricamente hecho por alguien más para que “parezca” que me manifiesto por algo. Quiero que las redes sean algo mínimo, nimio, secundario y poco importante y no que sean el avatar de nuestras carreras y nuestras vidas en una vitrina horrenda que ni sé quién mira.
Estoy cansada. Principalmente de mí y de mi posición ridícula. Pero bueno, no soy tan talentosa ni tan valiente para dejarlas. Ya se dijo mucho que hay que pensarlas como una droga y yo ya pasé varios años de mi vida dejando el alcohol, aunque el símil me gusta y me sirve. Lo que sí puedo hacer es volver a escribir, esto y otras cosas que se me crucen por la cabeza. No para hacerlas plata, ni para hacerlas comunidad. Solo porque me gusta, como me gustaba escribir en facebook cosas largas que no iban a ninguna parte. Por el placer de escribir y poner en algún lado para que alguien, si quiere, lea. Porque odio hacer videos y porque de ninguna manera creo que sea lo mismo escribir sobre algo que hablarlo. Porque odio que todo deba ser monetizable. Porque me gusta escribir también para que no sea “trabajo”. Porque escribir esto exponiendo el dilema, la incomodidad, pero también la resignación ante no tener una mejor solución y la cobardía de que si mi cuenta digital desaparece yo también me desvanezca, es lo único que se me ocurre hacer en este momento.
:)


Comprendo lo que planteas. Instagram ejerce esa paradójica presión: te hace sentir demasiado relevante como para ausentarte, y a la vez insignificante si decides irte. También escribo —sobre sociedad, redes y filosofía— y en su momento caí en esa misma lógica. Sin embargo, comprendí que solo yo puedo definir quién soy, y que ninguna aplicación, ni lectores, amigos o seguidores pueden otorgarme esa certeza. Para crear y pensar no necesito validación externa. Por eso me alejé de ese agujero de gusano y descubrí que todo aquello no era más que una ilusión fabricada por otros. Un saludo.
Qué bueno leerte por acá, María. Somos varies sintiéndonos así, lo he hablado con amigues y colegas —en mi caso somos más dibujantes e ilustradores— y la fatiga es total. Si bien por lo general siempre usamos ig como una vidriera para mostrar nuestro trabajo y procesos, en el último tiempo son tantas las cosas que exige esa red social para mantenerse "relevante" que cansa muchísimo. La sola idea de percibirnos más como una marca que como personas me causa tristeza, y me he visto en esa dinámica (y con al auge de la IA en cada mínima cosa, uff!). Gracias por tu escritura tan sincera! Me hizo ilusión cuando vi que estabas por acá, así que nuevo suscriptor sin dudarlo :-)