Una carta de amor a mi manera de hablar
Hablo raro, rarísimo. Mezclo palabras, acentos, me salen oraciones en distintos registros de un español sucio, migrante, mutante y bello.
Hay una anécdota que me encanta y que procuro citar al menos una vez por semana. La leí hace tiempo, en una nota sobre política Argentina escrita por Martín Rodríguez, un muy lúcido analista y poeta también Argentino. El cuento va masomenos así: hace muchos años, el Papa Juan Pablo II subía las escaleras del Vaticano, podemos imaginarlo con su trajecito papal blanco impoluto, la mirada tranquila, una versión de sí mismo ya avejentada y menos ágil. Un Papa que, como todos, hablaba en muchísimos idiomas: daba su misa en italiano, se comunicaba en un inglés fluido, recorría el mundo con propiedad y fluidez políglota. Un Papa que para ese entonces ya llevaba mucho siendo papa, tanto, que muchas veces la gente olvidaba su nombre y su origen: Karol Józef Wojtyła, de Polonia. Un hombre cuya investidura requiere presidir no sólo un país sino una institución mundial, que trasciende una nacionalidad e incluso a sí mismo. Ese hombre, ese Juan Pablo II ya muy habituado al cargo, subiendo esas escaleras, un día se tropieza y se cae. Pum. Sin poder advertirlo. Una caída como la que sufre cualquiera, imposible de prever aunque, como todo accidente, cuando sucedan parezcan obvios. Entonces el papa, Juan Pablo II, ante la inminencia de la vida, gritó en una lengua que casi nunca se le había escuchado. Ahí ya no Papa, sino Karol, frente a su propia sorpresa, gritó en Polaco. Es decir: gritó en su lengua.
Pienso en esa anécdota seguido porque me pregunto constantemente ¿Cuál será mi lengua? ¿Tendré una? ¿Cuál es el acento de mi tristeza, de mi calentura, de mi ternura? ¿A qué se corresponden esas palabras fijadas que salen sin pensar, que cambian con las geografías, que mutan hasta volverse el Frankenstein de mi forma de hablar?
Yo hablo raro. Rarísimo. Me fui de mi país hace más de diez años. Emigré de mi Colombia natal a una Argentina nueva, que solo conocía por libros, y decidí quedarme porque lo que vi me fascinó, pero también lo que escuché. Recuerdo distintos fenómenos vinculados a ese desencuentro apenas llegué. A pesar de que en Argentina y Colombia se habla español, el Rioplatense está plagado de palabras distintas, de modismos, de dichos, de refranes, de formas de la sintaxis que son diferentes al que yo había aprendido desde chica. No sólo me encontré ante confusiones básicas; coger algo en lugar de “agarrarlo” y las risitas que suponía esa equivocación, las fresas y las frutillas, las veredas y los andenes, los carros y los autos. También me di cuenta de que mi comprensión del tiempo a través de la lengua era distinto. Yo jamás decía (ni digo) “es el mejor libro que leí”, sino que prefiero de manera innegociable “es el mejor libro que he leído”, una conjugación más bien escasa en el Argentino cotidiano.
Sin embargo, estos desplazamientos nunca me irritaron. Me tomé con curiosidad furibunda entender las razones de la lengua que ahora yo habitaba. No me interesó aferrarme a la mía como forma de aferrarme a una identidad, sino que me esforcé cada minuto que pasaba por entender cómo y por qué hablaban distinto los demás. Quizás fue por un deseo un poco simplista, pero no poco fundamentado, de intentar comprender a cabalidad una sociedad a través de su hablado. O quizás solo quería ser tan graciosa en Argentino como lo era en Colombiano.
Me volví consumidora voraz de youtube, de publicidades viejas que se incluían en refranes cotidianos, de referencias políticas que se arrojaban como metáfora del clima. Quise saber todo porque quería entender todo y porque lo único que tenía a disposición del presente era desentrañar por completo su forma de hablar.
Paralelo a esa curiosidad consciente por un español que todavía me sonaba raro, la vida sucedió. Pasaron mis veinte años y con ellos aprendí nuevas palabras y formas de vínculos sexuales. Aprendí no a “tirar” o a “follar”, sino a coger. Porque acá cogemos, porque cuando cogemos decimos concha, culo, pija, calentura en lugar de arrechera, y me di cuenta cómo esas palabras no reemplazaban una lengua previa sino que la construían. Yo aprendía empíricamente del sexo en simultáneo a cómo llamarlo y esos nombres estaban fijados en un acento que no era el mío. Aprendí a enojarme por trabajo, a ser clara, tajante y menos edulcorada en los vínculos laborales, porque también tenía que trabajar y vincularme acá. Aprendí que no hacía falta decir “¿Buenas tardes, cómo está, me puede vender una botellita de agua?” sino simplemente economizar con un cortante “Hola, ¿cuánto sale el agua?”, y esas construcciones empezaron a reñir con el esfuerzo consciente de la comprensión. Había cosas que me salían de manera orgánica, sin pensarlas siquiera, ante estímulos cotidianos. Yo me enojo y puteo en colombiano, con el maravilloso “hijeputa” en lugar de “hijo de puta”, pero cojo en Argentino remplazando “me vengo” por “voy a acabar”, porque así es como finalmente aprendí a hacerlo.
Y cuando esa fluidez del lenguaje me era más natural y disfrutaba no ser de aquí ni ser de allá y que en Colombia dijeran que tenía acento Argentino mientras en Argentina siempre iba a ser tratada como alguien de afuera, tuve que volver. No volver para siempre (porque ya no sé a dónde vuelvo cuando vuelvo: es decir, ya no sé a qué país asocio el verbo volver”), sino escribir y publicar aquí y allá. Hablar públicamente en cada lugar, presentarme, presentar, ser Colombiana, pero migrante, soportar la sospecha de todos los lugares al intentar descifrar el amasijo de palabras y cantados que tiene mi forma de hablar.
Me acordé del odio que sentíamos hacia Shakira cuando hablaba Argentino y también sentí como muy personal el texto de Hernán Casciari elogiando a Messi porque, a pesar de vivir toda una vida en Barcelona, hablaba en un rosarino impoluto, como si eso lo hiciera mucho más Argentino que otros Argentinos. Como si eso y solo eso fuera ser Argentino. Me pregunté entonces qué haría de mí quien soy. Si ya no hablo con acento Colombiano ¿Qué hace de mí mi nacionalidad? ¿Un o se aferra a una identidad o esta simplemente sucede? Si yo hablara más Colombiano y dijera más “parce”, “quihubo”, “mijo” y “chévere” en mi día a día ¿Sería más Colombiana de lo que soy? Empecé a padecer la esquizofrenia de mi lengua con angustia y vergüenza, sin saber cómo controlar el hablado diferente en cada lugar, sin poder reírme yo misma de esos cambios y esas mutaciones.
Me encontré escribiendo libros amorfos, migrantes, en una lengua bastarda (como diría Juan Cárdenas), que mezclaba mis cosas favoritas de todos los lugares. Sentía, con ese ejercicio que hacía un tráfico de Latinoamericanidad que reivindicaba mi escaso compromiso con mi “Colombianidad”. Me descubrí justificando políticamente mi lengua (como si debiera hacerlo), reivindicando mi manera de hablar como un testimonio de mi propia vida. Yo hablo así, porque la lengua de los migrantes es sucia, más rastrera que la de los “puros”, porque finalmente una lengua es un testigo, no sólo de una sociedad, sino también de cada sujeto. En mi lengua está mi vida, que no es perfecta, sino un trazado errático de lugares y personas que han dejado su huella en ella.
Y con esa reivindicación también sucedió el disfrute. Hay algo tremendamente lúdico en cierta imitación, que como las buenas imitaciones tiene implícita una enorme cuota de halago: me gusta hablar como los lugares a los que voy. Me gusta y, además, no puedo evitarlo. Si paso mucho tiempo en Medellín, termino copiando el acento; el cantado, la dulzura, en el fondo porque la envidio y en la superficie porque me sale natural procurar adaptarme con mi voz a los lugares que piso. En cada sitio voy aprendiendo, además, los rastros de cada lugar. Y con lo que puedo elegir, elijo. Si hay una palabra que me suena mejor, la adopto, la ensucio con mi hablado, la adapto a mi jerga y también la explico. Cada vez que voy a Colombia gozo usando muchísimas palabras para expresar ideas breves, edulcorando los saludos, exagerando los diminutivos. Cuando estoy en Argentina siento un divertimento casi infantil cada vez que digo “che”, ya no con verguenza sino con propiedad. Y cuando puedo, las mezclo en oraciones breves como “che, qué chévere”, porque siento que esa pluralidad es un privilegio que hace mi manera de hablar rara, sí, pero también más rica, más diversa, más múltiple: así como migrar.
Ya no me pregunto en qué lengua gritaré si me caigo: será en la que salga, la que aprendí, la que copio, la que mezclo, la que recuerdo de cuando era una niña, el acento golpeado de mi papá y el dulce de mi madre. Dependerá de a qué parte de mi vida apelará esa urgencia. Mi lengua ni siquiera es solo mía y definitivamente no es estática. Muta, se modifica, se adapta, se renueva, se mueve conmigo y crece como lo hago yo.
He escrito mis novelas situadas en Colombia, imitando mi lengua materna y también he escrito cuentos y ensayos donde los personajes hablan en Rioplatense, pensando en mi vida. He escrito cosas en los dos registros y algunas pretendiendo una neutralidad que también me divierte intentar. Reivindico mi acento bastardo, esquizo, juguetón, elástico y curioso, porque como escribió alguna vez Marcelo Cohen hablando de su oficio como traductor Argentino migrante en España “Es otra vez el intento de que el cuerpo de las traducciones de un período sea un lugar, un espacio sintético de disipación de uno mismo en una multitud de posibilidades, de comprensión de la identidad como agregación. Pero no un lugar enajenado, ni protector, ni preservado; porque si algo concluí de tantas escaramuzas es que un espacio hipotético se vuelve banal si no se ofrece como ámbito de reunión, de comunidad, de ágape; si no intenta crear tejido fresco en el gran síntoma del cuerpo extenso que somos. Creo que lugares así, traducciones o ficciones digamos peculiares, son también encuentros de voces, de multitud de voces, y centros desechables, locales pero siempre provisionales, de agitación de la lengua del estereotipo, ahora cada vez más internacional, en pro de una expresión polimorfa.”
Mi lengua, en la que escribo pero también en la que hablo, es entonces un espacio de agitación. Pero sobretodo, un encuentro de comunidad.


che, qué chévere te quedó.
que lindo leerte. la lengua materna de Morabito está bueno
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It was Mum who taught us the language, the real one not Vicky who then also became a mother to me and Simon my younger brother. It was the first language we were spoken in. The mother tongue. Although being English was an advantage and learning it from being babies made it so much easier it also brought us a few problems. We ended up speaking like foreigners and had to corrected some of our spanish pronunciation, specially the strong argentine “r” “rrrr” at a phoniatrician near home.