Cuatro años
Con motivo de mis cuatro años sin beber va este texto-lista de cosas que he aprendido de la sobriedad
Masomenos por esta fecha hace cuatro años dejé de beber. No hay ninguna épica en esa parábola de cambio: me levanté una mañana sin recordar casi nada de la noche anterior, angustiada por un conflicto con una amiga, arrepentida por lo que sea que hubiera sucedido las últimas 24 horas; mortificada por haber hecho el ridículo, haber hablado de más, haberme puesto en riesgo y, esencialmente, asustada por mi poca capacidad de control. Estaba aterrorizada ante la pregunta de quién era yo cuando no recordaba serlo. Aterrada ante la posibilidad de que en mí existiera alguien capaz de dios sabe qué y desconocerla a tal punto de solo permitir su existencia a través de la inconsciencia.
Esa mañana pudo ser como cualquier otra de esas mañanas. Ducharme, llorar, preguntarme por qué, tantear de manera temerosa mi noche anterior, rastrear con conocidos, amigos y personas casuales mis pasos, constatar que esa a quien temía era, en efecto, yo y que no solía hacer nada muy distinto a lo que hacía sobria. Pedir comida grasosa, ver televisión, sufrir temblores, dolor de cabeza, desazón en el estómago, mareo. Esconderme debajo de las cobijas y apretar muy fuerte los ojos, deseando, pero también sabiendo, que en unos días ese terror, esa desilusión y ese miedo iban a terminar por diluirse. Justo antes de otro fin de semana. Justo antes de inaugurar otro de esos rituales que podía transcurrir sin el black out, solo para que yo me dijera a mí misma que sí tenía todo bajo control, que no pasaba nada, que había sido una cosa excepcional, que podía y debía seguir bebiendo igual.
Solo que esa mañana esa repetición me resultó impensable. Estaba agotada, además de todas las emociones previamente mencionadas, y ese hartazgo inexplicable me llevó a intentar algo diferente al menos por una vez. Empecé a intuir que el cuerpo no me iba a aguantar más y que estaba tirando demasiado de la cuerda de una psiquis no siempre saludable. “Para qué”, me pregunté ese día, sin encontrar una respuesta mejor a “porque es lo que he hecho toda la vida”. Esa mañana esa respuesta me fue insuficiente. Era tan atroz la realidad que no podía ser peor a probar una forma de existir distinta que no recordaba porque mi primera borrachera y su posterior laguna fue a mis catorce. Una persona a la que quiero mucho y a cuya casa iba a esconderme cuando todo me salía mal, me dijo con una simpleza tranquilizadora “bueno, harás otras cosas”. Y a esa invitación lúdica de descubrirme a mí misma a los treinta años me he entregado durante los últimos cuatro.
Podría seguir este texto así, yendo y viniendo sobre reflexiones profundas y solemnes sobre dejar de beber, procurando no aleccionar sobre hacerlo; validando cada proceso, aplaudiendo a la gente a la que su consumo no la hace sufrir como a mí, intentando que el texto no se vuelva moralista, de autoayuda, demasiado optimista, demasiado cliché. Pero no quiero porque ya escribí ese texto una vez, y porque estos cuatro años me encuentran alegre. Una y mil veces me he preguntado por qué pude dejar de beber. Por qué en ese momento y no en otro (no era, de ninguna manera, un “haber tocado fondo” y tampoco era un fondo más profundo que otros que sí toqué), pero la verdad es que no lo sé. Tuve suerte, supongo. He tenido mucha suerte, me ha soplado viento a favor en mantenerme y, además, aunque creo que pocas cosas en la vida suceden por voluntad propia y férrea y soy más de creer en la comunidad, en los factores socioambientales y, de nuevo, en la suerte, la verdad es que por la razón que sea, estoy orgullosa de estar sobria. Y no tengo ganas de hacerme la cool u ocultar que me pone contenta haber logrado algo que jamás imaginé, por más tonto que suene.
Pero para entregarme definitivamente a las mieles del optimismo y de la síntesis desprovistas de demasiado estilo o poesía, me dieron ganas de escribir una tonta y simple lista sobre lo que aprendí de este tiempo sin beber.
Aprendí que el aburrimiento es tan bueno como ineludible. Aprendí a aburrirme en una fiesta, en una comida, en una conversación, sin camuflar ese aburrimiento con alcohol. Y en el tedio descubrí, no solo la posibilidad honesta de mi atención, sino un ámbito inmejorable para crear y para pensar. Si me aburro, pienso. Si me aburro, camino aburrida. Si me aburro, procuro intervenir en una conversación con cosas que me entretengan. Si me aburro, imagino.
Seguida de la anterior podría ir un descubrimiento tan tonto como trascendental: si me quiero ir de un lugar, me voy. Así, sin más. Pim pum pam. No tengo que esperar a que algo pase, emborracharme hasta hacerlo pasar yo, quedarme porque va a venir más alcohol. Me quiero ir, me despido y me voy. Es una cosa tan idiota como importante y me apena haberla aprendido tan tarde pero me hace feliz saberla ahora.
Aprendí a conocer, registrar, padecer y negociar con mi deseo más genuino. Sé cuándo y cómo quiero algo y lo sé de una manera que me es totalmente novedosa. No puedo falsear ese deseo, y si lo hago, tengo que ser consciente de eso. Cuando mi deseo me perjudica, debo hacerme cargo y cuando mi deseo no se manifiesta en situaciones en las que pensaba que sí, debo manejarlo. Somos mi deseo y yo; con sus inconveniencias, con sus ausencias, con sus arrebatos. Vivir sobria es vivir en una permanente y muy honesta conexión con el deseo, y eso a veces es tan pesado como inevitable. Pero de esa novedad me pregunté por mi deseo en el tiempo previo: no sé si le temía o si me abandonaba cada tanto, pero sentía una urgente necesidad de adormecerlo, de diluirlo en mucho whisky para no escucharlo nunca. Por eso, creo, me resulta mucho más claro saber qué quiero hoy en día, y también me resulta tranquilizador que los deseos a los que temo no son obligatorios. No soy una esclava de mis deseos, aunque guíen en gran parte mi vida. Esa mediación, esa noción, esa consciencia es totalmente nueva para mí.
Me gusta mucho más la música de lo que creí que me gustaba. Me gusta salir a bailar, me gusta mover el cuerpo, me gusta sudar entre otras personas, me gusta sentir eso, estar ahí, tener registro de los movimientos de mis músculos, de mis gestos, de un sonido envolvente y casi ensordecedor. Aprendí en estos años que, de noche, ahora me gusta más el baile que la charla, el cuerpo que la palabra, el movimiento que la quietud.
Aprendí a no tomarme tan solemnemente mis palabras. No me malinterpreten, la sobriedad es quizás lo más importante que ha pasado en mi vida por muchas razones (las que trato de exponer acá y otras que aún no entiendo), pero no para todo el mundo tiene que ser así. Me gusta tomarme mi preferencia con humor, con liviandad; declinar a un trago ofrecido con amabilidad y dulzura. Ante la insistencia, decir que no bebo porque soy alcohólica y decirlo con ternura, para incomodar más a mi interlocutor. Eso me da risa. La sorpresa, la aparente seriedad que debería ostentar. Creo que no soy una persona aburrida, no lo era cuando bebía y no lo soy ahora, no me hace falta responder con enojo o seriedad impostada que no bebo, yo siempre prefiero el humor.
Sobre este punto comprendí una máxima tan elemental como imprescindible: cualquier cosa importante para unx y para los demás se hace en comunidad. Y así se manejan los consumos. Estar sobria sería imposible sin mis amigas, mi pareja, mi familia, mis amores y vínculos dispuestos a, en mi caso, no hacer demasiado ruido de ello. Cuando le comuniqué a mis amigas que iba a intentar no beber más, su reacción fue pedirme una soda y seguir con total normalidad nuestra rutina. Y eso es justo lo que alguien como yo necesitaba para poder intentar algo nuevo: que no pareciera un cambio radical de vida aunque lo fuera, que fuera tomado con amorosidad y cotidianidad en lugar de espanto o sorpresa. Y que cada una siguiera con su vida sin insistencias. Ahora yo llevo soda en lugar de vino a las comidas, y las cosas fueron acomodándose con naturalidad gracias a una actitud tierna y contenedora de las personas que quiero.
Creo que no dormía tan bien desde que era una niña. Eso es importante: el sueño, el descanso, dormir sin alcohol, sin el rastro del alcohol, sin el recuerdo del alcohol es una cosa realmente transformadora.
Aprendí que mi relación con la categoría alcohólica no tiene que seguir ningún lineamiento más que el mío. No sé todavía si entro en ese grupo o no, pero ya no me importa saberlo. Sigo mis propias reglas: no bebo, no soy capaz de terminar una copa entera de vino, pero puedo probarlo si es demasiado especial y merece ser catado, solo que ya no me interesa para nada más que degustar un sorbito en tal caso. No tiene sentido para mí tomarme una copa entera si no es para emborracharme, y en esa obsolescencia radica gran parte de mi suerte. No es que huelo alcohol y quiero beber como antes, es que sé que no me quiero emborrachar y para ese fin probar un traguito no va a alterar el resultado. Sin embargo, la mayoría de las veces prefiero no hacerlo. Aprendí también que una relación tan compleja con el alcohol como la mía requiere siempre de toda mi atención, y por eso quizás me trae más calma pasar de largo. Podría tomarme una copa y detenerme ahí, pero me requiere tanta energía y concentración pensar en que es solo esa y ya, que me es más cómodo no hacerlo. Es curioso, porque aprendí que el alcohol nunca me es indiferente.
Sobre lo anterior, ese aprendizaje me hizo comprender también que no tengo superpoderes. Hay cosas que puedo hacer y hay cosas que podría, pero me cuestan tanto que para qué. Supongo que, como todas, es una enseñanza fundamental para la vida: tengo unas capacidades y unas limitaciones, y vivo mucho más tranquila y feliz conociéndolas en lugar de desafiarlas todo el tiempo en función de saberme mejor o más fuerte de lo que creo que soy.
A veces tengo pesadillas en las que me emborracho. Me suceden con relativa frecuencia: es un sueño en el que bebo sin control y no puedo recordar lo que pasó, entonces solo queda el martirio, la angustia y los relatos de otras personas a las que lastimé. De esas pesadillas estoy aprendiendo a tratar con más compasión mis años pasados. Me ayuda, otra vez, el humor. Pero a veces es solo doloroso recrear las veces en las que me herí, me puse en riesgo, o fui una persona horrible con otros. Y ahí solo queda cierta compasión y ternura con eso que era y que tengo la suerte de haber cambiado.
Aprendí que el cuerpo que tengo es un vehículo inconmensurable de placer y posibilidad, que hay cosas que me gustan de mi cuerpo y algunas que no, pero que el alcohol hace que desaparezcan todas: las buenas y las malas. Siento que, por eso, aprender a coger sobria fue aprender a coger en general. Aprendí del sexo su increíble y bella posibilidad performática, de presencia, de habitarse y habitar a otrxs y con eso aprendí también que para sentir placer hay que estar ahí, porque en la evasión no hay ninguna posibilidad.
Aprendí que mi problema es con el alcohol. No me relaciono con ninguna otra sustancia de la misma manera. Ninguna droga me interesa de la manera en la que lo hace el alcohol. De chica siempre estuve convencida de que yo tenía una “personalidad adictiva” por mi manera de beber y de fumar. Pero con los años me di cuenta de que no. Puedo fumarme un cigarrillo y no pensar en ello por meses, puedo fumar un poquito de porro, tomar un poquito de md en una fiesta y que eso ni me mortifique, ni me atormente, ni ocupe ninguno de mis pensamientos por años. Ninguna de esas cosas hace parte de mi cotidianidad o demanda la atención que me demandaba beber. Pero esencialmente: ninguna de esas sustancias (que son las que he consumido), me da el miedo que sentía de mí misma como lo hacía el alcohol.
Aprendí a intentar (perdón por la cuota de autoayuda pero es la más pura verdad). Dejar el alcohol después de, literalmente, toda una vida adulta bebiendo me demostró de manera empírica que puedo intentar cosas que antes me resultaban impensables. Que, de nuevo, haber hecho algo de una manera durante toda mi vida, no significa que no pueda cambiar, o siquiera probar otra cosa. Quizás todos lo sepan ya, pero bueno, yo no lo sabía.
Aprendí de todas las demás borrachas. En las conversaciones y lecturas de Malén Denis, Luna Miguel, Sofía Balbuena y en los textos de María Moreno (nuestra santa patrona), Mary Karr, Fitzgerald, entre otros, me encontré con lecciones, espejos y posibilidades, además de amistad y comunidad.
Aprendí que cuando soy imprudente, idiota, hablo de más o tengo comportamientos mezquinos con otros y otras, soy yo quien los piensa y los ejecuta, sin excusas. Y aprendí a convivir con mis maldades o mis momentos inapropiados para cambiar gracias a ellos o solo para aceptarlos. Después de una comida con mucha gente desconocida, suelo sentirme inadecuada y preguntarme si no habré dicho algo tonto o si habré caído bien o mal, es algo que me pasa más seguido de lo que me gustaría. Antes me mortificaba la pregunta, ahora lo hace la certeza, pero con ella también viene una aceptación de que no tengo que caerle bien a todo el mundo, algo tan simple como cierto.
Y por último, aprendí a habitar la vida con su tristeza. Tuve la suerte de haber estado sobria en los momentos más difíciles, crueles y miserables de mi vida. Y solo puedo decir que de haber estado borracha, habrían sido insoportables. Es algo que pienso constantemente cuando hago esta clase de evaluaciones. Recuerdo el brevísimo periodo de la muerte de mi papá, en el que hice todas las cosas ridículas que habría hecho de cualquier manera, y también las tristes y crudas. Pero estuve. Estuve ahí. Estuve para lo bello y luminoso y también para lo áspero e inabordable. He estado presente en mi vida para el fracaso y el éxito, para el enamoramiento y la ruptura de corazón, para la alegría de mis amigas y los desencuentros, para las peleas y las reconciliaciones. Quizás, el aprendizaje más importante es que aprendí a estar. Y que la vida muchas veces solo se trata de eso: estar ahí, en quietud, mientras pasa el sol o mientras cae la peor de las tormentas. No vale la pena escaparse de la propia existencia, incluso cuando parece invivible, porque hay que estar ahí para poder apreciar su inconmensurable belleza.


Abrazos, biabor, y felicidades por esos cuatro años <3 Que sean muchos más.
Me encantó !