Apuntes sobre la amistad
¿Qué hace a una amistad? Amigas de siempre, amigas de grandes, un poco de Sex and the city y otras reflexiones sin importancia.
Una intro
Llevo años pensando en este texto. Bah, no. Llevo años (meses, en realidad) diciéndome a mí misma que tengo que pensar en este texto porque tengo que pensar en la amistad, porque pienso muchísimo en la amistad pero debería pensar pensar, es decir, elaborar, con una serie de lecturas y citas y bibliografía contemporánea y clásica sobre este asunto que es tan vital para mí y para mi generación. Digo eso y nunca lo hago. En parte porque me da pereza pensar pensar sobre algunas cosas sobre las que sé que no quiero trabajar mucho más adelante y en parte porque ya hay cosas geniales y gente genial pensando pensando sobre este tema, de manera que me siento redundante. Pero además, estoy segura de que nunca lo hago por la misma razón por la que no hago la mayoría de las cosas: procrastinar serialmente todo lo que no es necesarisimo o no va a captar mi atención de manera exclusiva y contundente (esto irá para otro texto, supongo). Así que, con el fin de evitar eso y dejar de lado mi procrastinación serial con los textos “secundarios” y con el objetivo de que este substrack sea el lugar para seguir el deseo de escribir sobre algo sin mayores pretensiones que eso…
Acá va
Todo lo que yo creía sobre la amistad ha ido cambiando de manera bastante radical durante los últimos años. Me explico: tengo treinta y largos y soy feminista. Durante la última década, la amistad se convirtió para muchas de nosotras en una institución liberadora y emancipadora, entre muchas otras cosas, la que yo creo más fundamental es que nos habilitó una idea de futuro y de vejez fuera del mandato familiar. Es decir, la mayoría de nosotras pudimos considerar la posibilidad de que el marido y los hijos no eran el único futuro posible, cuando aparecieron las amigas como forma de sustituir ese proyecto. No de la misma manera y no porque haya que hacerlo o porque eso resuelva todas las ansiedades, preguntas y cuestiones que atañen al amor romántico en la vida. Sucedió de una forma mucho más sencilla y material: yo pensé que podía construir una carrera y una vida sin considerar si me iba a morir sola la primera vez que hablé con mis amigas de la posibilidad de envejecer en comunidad. Y es curioso, porque los treintis son, objetivamente, una edad lejana para tener esas ideas. Sin embargo, sólo considerar que otro futuro era posible o incluso imaginable fue una piedra angular en mi existencia entera. Vivo fuera del país en el que nací hace más de una década y todas las cuestiones materiales han sido de alguna forma resueltas por mis amigas. Mis amigas han sido comunidad, han sido refugio y también una casa cuando no tenía, plata prestada cuando me quedé sin trabajo, consejo legal, escucha atenta y, de nuevo, imaginación. Yo qué sé si, efectivamente, de acá a cuarenta o cincuenta años vamos a cumplir nuestro proyecto de la vejez comunitaria. No lo sé de la misma forma en la que nadie está segura de envejecer al lado de la persona con la que se casa (porque la vida es así: imprevisible), pero puedo imaginarlo. Y esa imagen, esa posibilidad siquiera, es lo que me mantiene verdaderamente libre y autónoma sobre esta tierra.
Sin embargo, mis amistades más cercanas no están exentas de conflicto. He sido dejada por amigas sin ninguna explicación (duelo durísimo y triste si los hay) y me he sentido muchas veces agobiada por los supuestos que tienen mis amigues más cercanxs sobre mí. He querido cambiarlos, a veces con humor y otras con frustración y también he sido más cercana a unas amigas que a otras estando todas en el mismo grupo. A eso se han sumado la distancia, los cambios, las parejas, los hijos, los trabajos distintos, los intereses que mutan y los planes que, de nuevo, varían.
Pero a mis amigas, las de ahora, las de antes, las de toda la vida, las que veo una vez cada año, las que veo una vez cada década y cuyas vidas sigo por redes sociales o las que veo una vez por semana, me une un afecto que trasciende lo circunstancial. Sé que alguien es amiga mía como sé que soñé con alguien así en el sueño no tenga ni cara ni voz. Mi cuerpo lo sabe. Sé cuando una amistad empieza por una intuición que es difícil poner en palabras y que no me sucede con toda la gente que me cae bien, supongo que es justamente el nacimiento de un afecto genuino; un misterio relacional al que me entrego con dicha, porque también sé que cuando me pasa, debo seguirlo. No se me da ese chispazo de manera intencional, no puedo forzarlo ni imponerlo, y me gusta que no esté sujeto a nada más que su realidad. Es un vínculo que no tiene que ver ni con el trabajo (la mayoría de mis amigues hacen cosas muy distintas a las mías), ni con la coyuntura, ni exclusivamente con afinidades ideológicas, intelectuales o culturales, ni con compartir un lugar. Y sé, porque a esta altura ya me conozco lo suficiente para hacer estas afirmaciones, que a mí ese afecto, ese hilo vincular, me dura para siempre; así tenga que soportar la distancia, las diferencias, los errores, el tiempo, las agendas o los husos horarios diferentes. Ya lo dijo Borges muchísimo mejor que yo: “He ejecutado un acto irreparable, he establecido un vínculo”
Creo en ese afecto y creo que ese sentimiento es impostergable. Creo en el cariño como la única fuerza capaz de vencer todas las dificultades materiales que propone el tiempo y, además, creo que sostenerlo, trabajar en él y cultivarlo es lo único realmente valioso que tenemos. Creo en ese cariño como el único mecanismo medianamente eficaz para vencer diferencias de clase, políticas o de género en mis vínculos. O al menos para pensarlas en serio.
Odio, como mucha gente, cualquier visión taxativa sobre esos afectos, cualquier mandato que diga que si “tus amigos no te aportan entonces búscate otros”. Odio cualquier percepción matemática sobre el amor, cualquier cálculo que indique que todo en tu vida tiene que sumarte o ser constructivo. No, yo creo que querer a alguien, arriesgarse a un afecto sin especulación ni cálculo (excluyendo la violencia que no hace falta que explique), es en sí mismo un valor, una virtud, un sentimiento que engrandece y ensancha, esencialmente porque el amor que siento por otros y otras me hace pensar mucho menos en mí, y eso siempre me parece una ganancia.
Amigas de grandes
Sin embargo, como empecé este texto, todo lo que creo hoy de la amistad no es lo que creí siempre. Y es susceptible de cambiar, no en su forma más fundamental, sino en los detalles. Hace algunos años empecé a poner atención a las amistades nuevas. Antes, yo estaba segura de que quienes me conocían en mi más absoluta miseria a través de los años eran las únicas amigas “reales”. Es decir, que si las amistades no estaban atravesadas por el tiempo, eso les quitaba legitimidad, o las acomodaba en otra jerarquía. Estaban las amigas de verdad, con las que compartía el pasado, y las otras.
Me di cuenta de grande que no hacía falta compartir el pasado para que un vínculo fuera sólido y fundamental. Porque yo no soy la misma persona que fui, y porque de alguna manera las amigas que tengo desde hace mucho tiempo también me han acompañado en esas nuevas versiones cuya diferencia subestimo. Justamente, me di cuenta de que la idea fija que tenía sobre quién era, partía de una premisa errada: que mi forma de ser era inalterable. Pero ese cambio ha requerido en mí mutaciones muy profundas de mi forma de percibir la vida, sin las que creo que habría sido imposible hacer nuevas amigas. Conocerse de grande implica una aventura, entregarse a no entender ni predecir lo que va a hacer una persona a quien una quiere ante situaciones nuevas o dificultades que no se habían presentado antes. Y eso que antes me aterraba, ahora me maravilla. Ir conociendo a una persona a la que ya quiero a través del presente. Escuchar, ser sensible y receptiva si a una amiga nueva le molestan comportamientos viejos propios; también poder comunicar la incomodidad ante circunstancias que una da por supuesto que la otra persona debería saber. Aprender a explicarse a una misma sin lastimar, poniendo límites que no están implícitos, atendiendo los ajenos, armando un lenguaje común que no existía previamente. Y, de hecho, creer en mis amistades nuevas ha mejorado las viejas, porque a fin de cuentas construir un vínculo, siempre implica poder narrarse y entenderse a uno mismo.
De todo lo que se dijo una y mil veces sobre sex and the city, destaco siempre que fue la primera serie en la que la amistad era la institución que permanecía. En las seis temporadas de la versión original casi no había menciones a sus familias. De hecho, uno de mis capítulos favoritos es cuando muere la mamá de Miranda, porque la forma en la que sus amigas la acompañaron y la contuvieron habla mucho de ese proyecto de presente que es para muchas de nosotras la amistad y también de cómo esas amistades reparan, contienen y acompañan el conflicto familiar. A pesar de que haya mucho para decir sobre este asunto en Sex and the city, quiero terminar con una escena de la muy mala e innecesaria And just like that. No voy a reivindicarla porque fue realmente prescindible, pero hay algo del envejecimiento de ellas que yo también quería ver. Quizás porque quería saber si a los sesentas también iban a estar juntas ya no en la soltería sino en la vejez y cómo iban a resolver eso que se habían prometido tantos años antes. Aunque el desenlace fue desastroso por unas intromisiones forzadas de unos personajes tan irrelevantes como extraños (con un final meh), en un capítulo de la última temporada hay una escena que me dejó pensando. Miranda tiene que quedarse en la casa de Carrie por un tiempo, y la convivencia se les hace difícil. No es el jardín de rosas de los treintis donde se quedaban a dormir y a tomar cosmopolitans unas en las casas de las otras. No. Ya están grandes, tienen mañas, les gustan sus espacios, les molestan cosas que antes no les molestaban y están mucho menos dispuestas a negociar. Lo resuelven, primero con pasivo agresividad y después con un diálogo honesto y genuino sobre el problema. Somos amigas, nos amamos, pero tú eres así y yo soy así. Necesitamos espacios distintos. Eso no significa que no se quieran, ni que no sean grandes amigas. Significa algo más adulto y más real: que en la amistad, como en cualquier vínculo, hay que negociar, hay que comprender, hay que escuchar y muchas veces hay que tomar distintas formas de distancia. Que no todas las amigas son para todas las cosas, incluso si antes lo fueron, que la convivencia es particularmente compleja con algunas personas y que eso no significa que no haya un afecto enorme e incondicional.
Podrá parecer una conclusión un poco redundante y tonta, pero a mí me ha resultado muy liberador entender que el cariño tiene distintas formas, distintos tiempos y que yo tampoco soy con todo el mundo la misma persona. Que puedo ser mucho más flexible o suave que lo que creía que era o que fui en el pasado y que en esos cambios, en esa mutación permanente, se suman personas que cambian conmigo y otras con las que también construyo futuros imaginados.


Muy buena reflexión. Lo cierto es que todos cambiamos, nuestros amigos, nuestras amigas y nosotros. Y, en ocasiones, los caminos que llevamos nos alejan a unos de otros. No solo geografica, ni siquiera afectivamente, sino, lo que es peor, ideológicamente.
Normalmente, son cosas que no se aprecian, pequeños cambios que solo se muestran cuando se dan esas situaciones en las que te das cuenta de que el cariño ya no es suficiente para sostener una amistad.
Y algo importante. Hay que estar abierto a nuevas amistades. Gentes nuevas que, en un momento dado, pueden ser tan importantes o mas como aquellos amigos y amigas... de toda la vida
Qué bella e interesante reflexión